martes, 10 de septiembre de 2013

Testigos

Hace mucho que no me detenía a oír el sonido de la lluvia. En ésta ciudad llueve sin importar la estación del año en la que nos encontremos, de modo que es extraño que hasta el día de hoy, después de pasar toda una vida en este lugar, decida oír las gotas rebotar con furia en la ventana de mi cuarto. Esta soledad me hace pensar en todas las personas que me rodean y en por qué me sigo sintiendo así si ellas no se han ido a ningún lado.


Caminando por la calle me siento perdido, siento que riachuelos de aguas diáfanas me llevan en su caudal en donde todo se convertirá en nada. No quiero convertirme en nada, no quiero dejar este lugar, no quiero ayuda, no quiero estar con nadie y mucho menos quiero a alguien, sólo quiero estar aquí todo el día recordando el día que la vi por última vez, balanceándose entre los estantes de libros. Viéndolos con sigilo y alzando la mirada para ver si alguien estaba observándola.   Fue ahí cuando crucé mirada con esos ojos color café por un instante, fue  sólo un momento en el que nos miramos e intercambiamos pensamientos y una sonrisa, después todo se convirtió en un juego de persecución, ambos nos estábamos retando para ver quien era el primero que se acercaba al otro. Los libros eran los únicos testigos de este extraño cortejo entre los dos, nadie más en ese lugar sentía lo que ambos sentíamos en ese instante y fue ahí, enfrente de la sección de “Autores Iberoamericanos” en donde después de hablar por medio de miradas que nos encontramos de frente y sin más preámbulos, ante la mirada de Cortázar y Fuentes, decidimos fundirnos en un beso, un beso digno de la prosa de García Márquez y de la exquisitez de Borges. Así es como las grandes cosas suceden, basta con estar sentado oyendo la lluvia para recordarlo o vivirlo.   

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