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domingo, 13 de octubre de 2013

Escribir.

Nada me ha dejado tanto como escribir. Quizás lo encuentres mundano y sencillo, pero escribir es más que poner palabras en papel. Escribir es encontrar las palabras exactas para hacer una operación quirúrgica en el alma de una persona, la mayoría de las veces, un completo extraño, un completo extraño que vive en tu mente por días y que en vez de expulsarlo, le ponemos nombre, le damos vestido, casa, pero sobre todo le damos palabra. 

Nada me ha dejado tanto como escribir, quizás no tenga ningún premio en la repisa, pero puedo decir con gusto que he dicho lo que pienso de la forma que yo quiero, he expresado mis sentimientos. Escribir me ha dejado todo y nada, me ha dejado con palabras dichas y con la capacidad de poner decirlas. 
Nada me ha dejado tanto como escribir, no importa la forma, ni el medio, escribir es mi analgésico preferido. En mis letras divagan amor, llantos, decepciones, errores, en mis letras estoy yo y están casi toda la gente de mi entorno que consiente e inconscientemente influyen en mi forma de actuar y vivir. Creo firmemente que escribir es el arte más honesto y transparente que existe aunque este término se haya ido tergiversando con el paso de los años. 

Quizás llegué en una época en donde escribir no sea algo extraordinario y en dónde quizás los libros estén más en peligro que en cualquier otra, eso se verá con el paso de unos cuentos años más, lo único que sé a ciencia cierta es que nada me ha dejado tanto como escribir porque entre vivir y escribir la verdad es que no encuentro diferencia. 

martes, 10 de septiembre de 2013

Testigos

Hace mucho que no me detenía a oír el sonido de la lluvia. En ésta ciudad llueve sin importar la estación del año en la que nos encontremos, de modo que es extraño que hasta el día de hoy, después de pasar toda una vida en este lugar, decida oír las gotas rebotar con furia en la ventana de mi cuarto. Esta soledad me hace pensar en todas las personas que me rodean y en por qué me sigo sintiendo así si ellas no se han ido a ningún lado.


Caminando por la calle me siento perdido, siento que riachuelos de aguas diáfanas me llevan en su caudal en donde todo se convertirá en nada. No quiero convertirme en nada, no quiero dejar este lugar, no quiero ayuda, no quiero estar con nadie y mucho menos quiero a alguien, sólo quiero estar aquí todo el día recordando el día que la vi por última vez, balanceándose entre los estantes de libros. Viéndolos con sigilo y alzando la mirada para ver si alguien estaba observándola.   Fue ahí cuando crucé mirada con esos ojos color café por un instante, fue  sólo un momento en el que nos miramos e intercambiamos pensamientos y una sonrisa, después todo se convirtió en un juego de persecución, ambos nos estábamos retando para ver quien era el primero que se acercaba al otro. Los libros eran los únicos testigos de este extraño cortejo entre los dos, nadie más en ese lugar sentía lo que ambos sentíamos en ese instante y fue ahí, enfrente de la sección de “Autores Iberoamericanos” en donde después de hablar por medio de miradas que nos encontramos de frente y sin más preámbulos, ante la mirada de Cortázar y Fuentes, decidimos fundirnos en un beso, un beso digno de la prosa de García Márquez y de la exquisitez de Borges. Así es como las grandes cosas suceden, basta con estar sentado oyendo la lluvia para recordarlo o vivirlo.   

miércoles, 28 de agosto de 2013

Ensayo de la vejez.

Sentado esperando a que el tiempo deje ya de pasar tan lento y preguntándose por qué el suyo pasó tan rápido. De manos temblorosas y pasos inseguros, tratando de recordar todo lo vivido, extrañando a sus nietos, a sus hijos, a todas esas personas que, según él, hace muy poco tiempo estaban ahí todos días, todo el día. ¿Hace cuanto que ella no está? ¿Hace cuanto que su compañera de vida emprendió un nuevo viaje y lo dejo solo esperando a que el suyo terminara? El llanto es la única fuente que lo hace sentir vivo, que lo hace sentir. Las noches son más largas y más insoportables, el miedo siempre está ahí, sus fantasmas del pasado también. La soledad está acabando con su cordura y paciencia, los números, los nombres, las direcciones  desaparecen de repente de su mente para no volver jamás y son esos escasos y milagrosos momentos de lucidez en los que se da cuenta que a esas alturas de su vida, en donde la soledad, la cordura y sobre todo la felicidad se burlan de él que se percata que la única acompañante que le queda es la vejez.